Aprendí a nadar en torno a los veinte años. Sé que es algo tarde pero era una asignatura pendiente que tenía. Me apunte a clases de natación con mi hermano. Lo que no sabía, tras pocas semanas, es que se convertiría en mi deporte favorito.
El deporte no ha sido uno de mis puntos fuertes. De hecho en clases de gimnasia siempre lo pasaba mal. A parte de la vergüenza de que me vieran sudar y ser algo patosa con las pruebas físicas, no conseguía sacar buenas notas en la parte práctica de esta asignatura, que hacía que mi media global bajase.
Aunque no soy una nadadora profesional, descubrí que el agua me relajaba y durante una larga temporada lo practiqué. Daba igual si era invierno o verano, al menos dos o tres veces por semana acostumbraba a ir a nadar.
Tras casarme, mi marido y yo buscamos un gimnasio con piscina. De esta manera parte del entrenamiento lo dedicaba a nadar.
En estos casi tres años de recuperación, determinados sobre todo por un ciclo de depresión, he descuidado mi salud física. No tenía ganas de nada. Cada vez que mi marido me decía: «Voy al gimnasio, ¿te vienes?» Yo contestaba: «No, prefiero quedarme en casa para limpiar, poner lavadoras y hacer cosas pendientes que tengo». La excusa siempre era la misma. El simple hecho de tener que pensar en preparar la maleta de deporte me daba mucha pereza y me producía malestar. Y, para ser sincera, calculaba la hora a la que mi marido llegaría a casa del gimnasio para ponerme con las tareas con las que me había excusado. El resto del tiempo prefería estar en el sofá sin hacer literalmente nada.
Obviamente uno cosecha lo que siembra. Así que el resultado ha sido añadir veinte kilos más a mi peso. Comía prácticamente las mismas cantidades que mi marido sin apenas ejercitar mi cuerpo y moverme. Además he abusado de las típicas cosas de picar entre horas, entre ellas las patatas fritas que siempre me han gustado.
En estos años he tenido varios intentos fallidos de hacer deporte con regularidad como lo hacía habitualmente antes de mi último ingreso hospitalario. A lo mejor lo lograba un par de semanas pero luego desistía sin más.
Sin duda no ha sido una tarea fácil. Di con un recurso que me ha ayudado mucho y es el gimnasio virtual de Fuertafit creado por Sergio Peinado. Dispone también de algunos entrenamientos gratuitos disponibles en su canal de YouTube, Entrena con Sergio Peinado.
Al principio empecé entrenando con algunos de sus vídeos de YouTube y, algo que me llamó la atención, es su lema: «Todo suma» aludiendo a la importancia de moverse aunque sean unos minutos o solo sea parte del entrenamiento. Sus vídeos están divididos por bloques y cuando terminas uno, tras felicitarte te sugiere que si ya no puedes más que pares el vídeo sin más. Que todo suma, que no pasa nada si no lo completas hasta el final. También incluye dos versiones, una de mayor intensidad y otra más sencilla que puedes elegir hacer.
En mis primeros días no conseguía hacer ni un solo bloque, pero con el paso del tiempo he descubierto que si voy añadiendo cinco minutos más al entrenamiento poco a poco puedo llegar hasta el final.
Además, he descubierto que mi mejor hora para entrenar es por la mañana, antes de trabajar, porque de lo contrario en la tarde me siento más cansada y me cuesta mucho más.
Desde que he determinado levantarme a las cinco de la mañana, la tercera actividad de mi rutina matutina es hacer ejercicio, al menos durante treinta minutos. He comprobado que prepararme espiritualmente, mentalmente y físicamente para afrontar el día que tengo por delante, sienta realmente bien. Y, aunque tenga un día algo complicado o no sea tan bueno, siento que si trabajo estás tres áreas de mi vida juntas a primera hora del día, no solo beneficia mi salud sino que además, siento que avanzo en la vida hacia un propósito mayor que el de la rutina llena de actividades que realizo en el día.
Y de hecho, es así, no soy la misma persona, desde entonces.
Foto en los vestuarios del gimnasio
He aprendido a abrazar esta temporada de haber engordado, de verme en el espejo con unos kilos demás, sabiendo que será algo temporal porque estoy trabajando para ser mi mejor versión. No estoy obsesionada con el peso como antes, sino simplemente he aprendido a decirme: «Hago ejercicio físico porque es una forma de decirme: te quiero».
Estos días también he vuelto al gimnasio presencialmente con mi marido. Por fin he podido nadar nuevamente que era algo que había perdido por el camino y que durante mi estado depresivo no quería hacer. Apenas y recordaba que me encantaba el agua y nadar.
Estoy trabajando para que entrenar y hacer ejercicio físico sea un hábito permanente en mi vida. No se trata de cuanto tiempo al día lo haga. Si no puedo correr, siempre puedo caminar, si aún no puedo hacer un burpee entero sí puedo hacer la mitad del mismo. Si de momento solo puedo nadar diez minutos, mañana podré hacerlo quince. Y todo suma dosis de salud para nuestra vida. La cuestión es moverse y salir de la vida sedentaria.