Me desperté sin saber dónde estaba exactamente, apenas y recordaba en qué momento me quedé dormida y durante cuantas horas estuve durmiendo.
El sonido del carrito de la ropa que repartía la enfermera junto con el gel de baño y el champú para cada una de las habitaciones me hizo darme cuenta de que estaba ingresada otra vez en el hospital.
Mi compañera de habitación era una mujer mayor como de unos setenta años. Tras recoger nuestra ropa y ducharnos nos llevaron a la sala donde todos desayunábamos.
Aunque las imágenes ahora mismo son algo borrosas, solo recuerdo que tras terminar de desayunar otra de las enfermeras iba pasando por las mesas dando medicación a cada uno. Algunos no querían tomársela y ponían resistencia, otros simplemente se la tomaban enfadados y con profunda tristeza en sus rostros.
De fondo sonaba el telediario y llegó mi turno. La enfermera me dijo: «Ester, tu medicación». Cogí el vaso de agua y me la tomé sin más.
Era consciente de que estaba ingresada pero no podía pensar con claridad, mi cabeza no daba para mucho en ese momento. Lo único que me devolvió a la vida fue ver a mi marido en la hora de las visitas. Allí estaba él, tomando mi mano y permaneciendo a mi lado como lo había estado haciendo cada día desde que nos conocimos cuando tenía quince años.
No recuerdo nada de esa primera conversación que tuvimos en el hospital, pero sí recuerdo sentir mucha paz y seguridad al ver su manos y su rostro. ¡Qué más se le puede pedir a la vida si no es que el amor de tu vida esté contigo, en donde sea y cuando sea! No sé en qué momento terminó la visita pero me supo a poco. Al menos pude verle y sentirme viva tras un día realmente raro, confuso y gris.
Pasaron los días y a medida que iba siendo más consciente de las cosas y el momento que estaba viviendo, solo quería volver a casa con él. La doctora en una de las revisiones me dijo: «Estamos haciendo todo lo posible para que vuelvas a casa, tu marido colabora pero tú no lo haces».
Al escuchar eso mi cerebro hizo “click” fue como si me hubiesen echado un balde de agua fría en todo el cuerpo y empecé a entender que el problema era yo. Entonces me dispuse cada día a esforzarme en medio de la medicación tan fuerte que tomaba para estar mejor.
La mayoría de las rutinas en el hospital incluyen actividades en grupo o individuales. Una de ellas es la papiroflexia o bien pintar. Tengo una imagen grabada en mi memoria y es verme a mí misma pintando tratando de no salirme de las líneas del dibujo pero era realmente imposible. En ese momento me di cuenta de que mi cerebro no estaba funcionando bien. Es difícil asimilar que eres adulto y que algo tan sencillo que puede hacer un niño pequeño tú ya no puedes.
Habían días tremendamente grises donde ni siquiera quería hablar en las charlas de grupo porque todo esfuerzo que hacía sentía que no valía para nada. Hasta que me rendí en el proceso de esforzarme. No era cuestión de cuanto podía controlar sino más bien de dejarme guiar y cuidar porque mi mente necesitaba descansar.
Pasaban las horas y solo miraba el reloj para ver a mi marido otra vez. Era el momento más feliz del día. Miro atrás y veo todo el esfuerzo que hacía y los kilómetros que manejaba a diario por estar ahí puntual. El hospital estaba a una hora de casa y su trabajo estaba a otra hora adicional, pero él siempre estuvo ahí.
Sus dibujos me daban fuerza cada día. En las visitas le pedía que me hiciera dibujos, es todo un artista en muchos sentidos y en muchas disciplinas y dibujar se le da muy bien. Así que mientras hablábamos él dibujaba. Luego yo me guardaba sus dibujos para mirarlos en los ratos libres y antes de dormir.
Guardo muchos de sus dibujos de cuando éramos adolescentes pero estos que me hacía en el hospital eran muy especiales para mí y, por el momento que estaba viviendo, me daban la energía para cada día.
Con el paso de los días, fui mejorando y entonces me dieron el alta del hospital. Aunque ya estaba en casa, estuve por unos días más de baja laboral.
De esta recaída, hace ya cerca de tres años. Aunque el proceso ha sido lento y me he recuperado, en todo este tiempo mi vida ha dado un giro completo en muchos aspectos: cambié de trabajo, he perdido algunos amigos y ganado otros, he engordado veinte kilos y mis hábitos han sido afectados. Esta recaída ha sido la más dura para mí porque me ha zarandeado en varias áreas que pensé que las tenía “dominadas” como comer sano, estar en mejor forma física y cultivar una vida espiritual sana.
Me diagnosticaron trastorno afectivo bipolar a la edad de veintidós años. Justo al terminar mi licenciatura en ADE, desde entonces estoy batallando con el diagnóstico. Actualmente tengo treinta y siete años y estoy escribiendo este blog para volver a reconstruirme de esta última recaída y empezar a poner en orden aquellas áreas que fueron afectadas y que se quedaron descolgadas en todo este proceso.
De ahí el nombre del blog: Reconstruyendo. No soy experta en ninguna de los campos sobre los que escribiré pero sí soy una persona real, con sus cosas buenas y también con muchos defectos, que está en proceso de crecimiento, y a quien le encanta escribir.
Mi única pretensión es tratar de llegar a ser mi mejor versión para esta aventura que inicia con este blog. Si de paso, algo de lo que encuentres por aquí, te puede ayudar a ti también a reconstruirte, me sentiré muy feliz de haber contribuido en tu proceso, sea cual sea por el que estés pasando.
Gracias por haber tomado el tiempo de leerme.
¡Con mucho cariño!
Ester Flores.