Reconectando

Mi propia voz se mezclaba con el sonido de los pájaros y el viento mientras caían lágrimas de mis ojos. No lloraba de tristeza sino de gratitud y alegría por haber entendido que fui creada para encontrarme con Él sin yo haber tenido que hacer nada extraordinario para merecerlo.

He buscado y probado de casi todo en la vida para llegar a sentirme realizada y feliz. Por mucho empeño que había puesto en ello nunca llegaba a sentirme bien. Tener objetivos, sueños y metas está muy bien porque creces como persona y como profesional, pero cuando los consigues la sensación de satisfacción y plenitud dura muy poco y parece que siempre tienes que estar haciendo cosas para sentirte bien.
También he probado a no hacer nada, temporadas en las que he vivido por inercia y disfrutando simplemente de lo que me apetecía, como ver maratones de series en uno o dos días, leer libros, salir al parque a pasear para conectar con la naturaleza o dormir para desconectar de mis pensamientos. Aún así, nada conseguía traerme el descanso que tanto necesitaba.

¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Por qué vine al mundo? ¿Por qué la vida es un caos y hay tanta maldad? ¿Por qué no puedo ser feliz cuando consigo algo o dejo de hacer aquello? Son preguntas que me hacía constantemente durante muchos años.

Tenía un compañero de trabajo cuya mujer estaba batallando con una enfermedad degenerativa, esclerosis múltiple, pero él siempre estaba con una sonrisa y cuando hablaba con él nunca transmitía queja, preocupación o angustia. En varios de los eventos que organizaba la entidad para la que trabajábamos le veía llevando a su mujer en silla de ruedas y cuidándola en cada detalle, me parecía muy entrañable. Era muy buen trabajador, bueno lo sigue siendo aunque ahora ya no trabajemos juntos, pero destacaba sobre todo por su humildad, generosidad y paz al transmitir las cosas.
Un día le pregunté, ¿Cómo lo consigues? ¿Cuál es el secreto? Y me respondió «Si mi Padre trabaja yo también lo hago».

Pasaron los años y seguía observando que su vida era realmente una inspiración para todos los que le conocíamos.
Con «Padre» se refería a Dios. No andaba por las nubes ni por supuesto era perfecto, pero era realmente feliz aún en medio de todas las dificultades con las que tenía que batallar día tras día. Y eso era lo que yo había buscado por muchos años: ser feliz.
Su vida era y, lo sigue siendo, el reflejo de alguien que pasaba tiempo a solas con Dios.

Años atrás yo había leído la Biblia que me regaló mi madre cuando apenas era una adolescente y di algunos pasos para acercarme a Dios. Creía que había tenido una experiencia en conocerle pero en realidad no entendía muchas cosas y otras me parecían contradictorias. Así que quise volver a leerla para ver si conseguía lo que mi compañero había experimentado con Dios, pero esta vez fue diferente. Cuando te dispones a buscar algo con intencionalidad finalmente lo encuentras.

Antes de volver a empezar a leer recuerdo que dije lo siguiente: «Dios, necesito experimentar la felicidad de verdad, estoy agotada, enfadada y sin ganas de nada. He probado de todo y nada funciona pero admito que me da envidia y curiosidad saber qué es lo que ha encontrado mi compañero en ti».

Así que abrí la Biblia y día tras día empecé a leerla nuevamente, descubrí quién era Jesús y por qué yo había nacido aunque no fui una hija planificada, comprendí que vivimos en un mundo caído consecuencia del pecado. Pero sobre todo entendí por qué vino al mundo en forma de hombre para salvarme de mi pecado y dejarme en libertad. También descubrí cómo hablar con él en oración y escuchar su voz en silencio o bien leyendo la Biblia. De esta manera mi espíritu se unía a Él y podía entender cosas por encima de mi simple entendimiento humano.

Varios años después, mi fe no solo fue creciendo sino que experimenté el amor incondicional de Dios, al punto de sentir la paz que se describe en la Biblia que es sobrenatural y que está por encima de todo conocimiento humano. Por supuesto encontré la felicidad que llevaba buscando por mucho tiempo y trataba de compartirlo con otros.

Durante muchos años me pregunté por qué me había tocado a mi un diagnóstico tan difícil como el trastorno afectivo bipolar o por qué la mujer de mi compañero tenía esclerosis múltiple y tantas otras cosas que no podemos explicar. Y eso me llevó a entender que no puedo acercarme a Dios por el mero hecho de obtener beneficios porque eso sería puro interés y muy egoísta. Tenía la firme convicción de que yo había tenido una experiencia real con Él y, de hecho así fue, así lo sigue siendo, y eso nada ni nadie me lo podía quitar, ni siquiera una enfermedad.

Entonces comprendí que no puedo seguir a Jesús sin entender que debo aceptar su voluntad para mi vida, Dios no es el genio de la lámpara maravillosa que concede mis deseos a mi antojo sino que se duele como un Padre en mi proceso hasta que pueda llegar a sentirlo. En la vulnerabilidad y debilidad de mi diagnóstico, aún en todo Él tiene el control y hace que todo coopere para mi bien. Jamás he vuelto a ser la misma desde entonces, no fue automático, mágico, místico o inmediato. Fue un proceso, una experiencia con Dios tan real como el aire que respiro o como el agua que bebo para hidratarme que nunca podré olvidarla.

Tras mi último ingreso hospitalario, mi mundo se volvió patas arriba. No había perdido la fe pero sí el hábito de despertarme a primera hora para pasar tiempo a solas con Dios. No es que en todos estos casi tres años de recuperación haya dejado de hablar con Él, pero digamos que no he sido tan constante como me hubiese gustado y mi espíritu lo ha notado y no ha estado lo suficientemente alimentado como al principio.

He sentido como cuando dejas de comer de forma equilibrada. Abusas de los carbohidratos, la grasa poco saludable, el azúcar, refrescos con gas y la carne que llega un momento en que es el propio cuerpo el que te pide fruta, verdura, vegetales y mucha agua para desintoxicarte.
Y así como el cuerpo necesita una alimentación saludable, nuestro espíritu también lo necesita y esto solo se consigue conectándose con el Creador del universo. Si nuestro espíritu no está bien nutrido del único alimento que le sacia: Dios, finalmente produce estragos en el resto de áreas, en nuestra mente, emociones y cuerpo. Como consecuencia actuaremos en consonancia con aquello de lo que nos estamos alimentando.

En lo profundo de mi ser, mi propio espíritu ha sentido que echaba de menos ese tiempo con Dios, sin ruidos ni interrupciones. Y desde que me he determinado a levantarme cada día a las cinco de la mañana, mis primeros veinticinco minutos los dedico a cantar a Dios, hablar con Él y meditar en lo que voy leyendo en la Biblia. Van pasando los minutos y me encantaría que este tiempo no acabase nunca porque es una necesidad profunda que no se puede explicar con palabras. Es todo un privilegio poder tener una cita con el Creador a primera hora del día para escuchar su voz y hablar con Él. Sin duda me llena de paz, vida, esperanza y propósito que nada de lo que haga en el día lo puede suplir.

Su propio manual de instrucciones para la vida lo dice:

El Espíritu de Dios se une a nuestro espíritu, y nos asegura que somos hijos de Dios. Y como somos sus hijos, tenemos derecho a todo lo bueno que él ha preparado para nosotros. Todo eso lo compartiremos con Cristo. Y si de alguna manera sufrimos como él sufrió, seguramente también compartiremos con él la honra que recibirá.
‭‭Romanos‬ ‭8‬:‭16‬-‭17‬ ‭TLA‬‬

 

Todo lo que está escrito en la Biblia es el mensaje de Dios, y es útil para enseñar a la gente, para ayudarla y corregirla, y para mostrarle cómo debe vivir.
‭‭2 Timoteo‬ ‭3‬:‭16‬ ‭TLA‬‬

La siguiente canción resume la experiencia tan real que tuve cuando me encontré con Dios:

Tumbas a Jardines– Elevation Worship

Con humildad y gratitud en el corazón, me siento agradecida por volver a conectar con mi Padre en esta nueva temporada.

 
Foto de Kelly Sikkema en Unsplash

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